Adieu! Bye Bye!
Realdemocratik, por Lucas Paulinovich
El Indio Solari murió. En decenas de ciudades se improvisaron misas. Otros cientos de miles, con su silencio hogareño, recordaron aquello que mejoró su vida. El domingo, un millón de fantasmas de juventud marcharon bajo la lluvia, llorando con un ojo y con el otro riéndose.
Esos millones de lamentos despedían al hombre que produjo ese fenómeno tan indescriptiblemente nacional. Porque en esa despedida, se intuía, había algo más que el pesar por la muerte del artista. Un tesoro con sus inocentes hurgando en la historia.
Todas esas generaciones que son grandes no hace mucho descubren que el tiempo y las épocas pasan, los héroes mueren y la vida queda por delante. Y ante esa fatalidad, de nada sirve esconder los recuerdos en una guarida.
En el mientras tanto, también ocurría esa conmemoración anual dónde los periodistas recuerdan lo importante que son y lo valioso del trabajo que hacen. Y pocos bodrios son mayores al de los periodistas hablando sobre sí mismos en ese show de la linda fe sonriente.
Como siempre, surgieron los debates. Porque los gusanos siguen siendo fieles a toda la carne que muere. La coincidencia temporal trajo, además, la combinación de temas. Y más que nunca, no valieron la pena.
El periodismo reclama el derecho, por oficio, a nombrar. Pero los que estaban bajo la lluvia lo ejercen sin pedirlo. Por eso, la forma del duelo tuvo la dimensión de lo desproporcionado.
En esa inmensidad se registró la otra escala de lo masivo, que también parece irse entre los cambios de patrones de consumo que alteran todo lo que hace a la vida. Se discutió el carácter de lo popular y la temperatura de la angustia. Y si todo eso servía para expresar alguna otra cosa del momento.
Pero el dolor sigue siendo esa astucia dulce. En el inmenso velatorio de la Capilla Ardiente y en el luto de los millones de anónimos corría la tristeza fiel de quienes están condenados a no ser titulares nunca.
A ninguno de esos les importa el día del periodista ni la cuitas del periodismo. Saben que no es cierto que estar informado sea mejor. Tantas consignas les hicieron ver que solo están.
Fueron un par de días. Y volvimos a fingir.
Sopapos que la costumbre da
Sin embargo, el contraste tiene un aspecto revelador. No es para menos, por quién era el muerto y quiénes sus deudos.
Desde que el gobierno nacional afirmó que aparentemente no odiamos lo suficiente a los periodistas, el gremio asumió con gusto el rol de víctima y, con distintas modalidades, explica convenientemente los riesgos y amenazas a la libertad de expresión. Ay, pero qué pillos dulces que son.
El periodismo corporativo, y los que se fueron de las corporaciones para crear las suyas con fondos de inversión, se aferran a las teorías sobre fake news y discursos de odio que ponen a la gente como víctima impotente. Montan su galpón de luz, con licor y baladas para embaucar.
La caída de las Vacas Sagradas también los cuenta entre los destronados. La sabiduría orgánica de una tribu de calle es imperecedera. La desinformación orquestada se combate con una rebelión desinformativa descentralizada, anónima, del público, que tumba los viejos tótems del Cuarto Poder, y reafirma su fe dónde y cuándo debe.
Llamarle caos a eso es el error de los que miran desde arriba. La esfera pública no se degrada. Los que pierden vigencia son sus administradores. La profusión es dinámica, con pequeños matones de Internet a veces espeluznantes, otras liberadoras. Y siempre es un minestrón incontrolable.
La mirada conspirativa que busca ingenieros para el caos, olvida que la racionalidad de la gente no necesita ser validada. El hartazgo también es una forma de saber, y no quiere estar jamás en la TV.
La decadencia civilizatoria que advierten buena parte de los medios de comunicación es, en realidad, una reacción defensiva contra los guionistas del debate público que trafican su mercadería como noticias, de izquierda o de derecha. Scaramanzia, cábala de amor virtual para las audiencias.
Abandonados en la cibernube, con la profundidad virtual de un negro mar, las personas responden a su forma. Por eso van apilando puteadas mientras los notables declaman que envidian a la gente común. Van a ver quién se come a quién esta vez.
La belleza atrae a malvado
La fauna es amplia y diversa. En Uganda, tiene el agravante del vuelo bajo al que obliga la Pauta y la cercanía. Pero hay tipos característicos de la época.
Los Tribuneros son los agitadores de hinchada, masturburguer que da cupones y una ópera hip hop. Son batalladores por el rating, el click o los views. Comparten oficio con los emprendedores del streaming, que construyen su fandom y buscan notoriedad como trampolín hacia la política.
Distintos son los Lobistas, que actúan como promotores de intereses sectoriales disfrazados de informadores especializados. Y los Faranduleros, corredores de los rumores oscuros que confunden la cabeza y acercan la experiencia de la rosca.
Estos que juegan al mercader y rién de la estafa sin pestañar, son los que engrasan la maquinaria que arrastra a los políticos a imitar a los influencers. Para después criticar con solemnidad la mala calidad del debate.
Pero los más acongojados son los Datólogos, con sus zapatones de combate grises y anteojitos de material boy, que lamentan, con la superioridad moral de la rigurosidad, que la conversación pública se haya llenado de ruido y se difundan teorías sin evidencia.
Son los que se presentan como desagrietados, reveladores de verdades a través de fragmentos puros de la realidad ofrecidos como datos. Ticks de la revolución.
Por estas horas es común que los eruditos, los estudiosos o los informados, como gallos sofocados, quieran avergonzarnos por gozar y creer sin las demostraciones suficientes ni la convalidación intelectual de sus teorías. Es bueno que puedan vender sus pastelitos de ponzoña salada.
Cualquiera es capaz de robarle el gorro al diablo, adorándolo como quiere él, engañándolo. Pero afuera está, siempre, toda la inocencia que no ven.
Hoy queda bien castigar a la clase política y prometer equilibrio fiscal. Los restos de prestigio que conserva el periodismo se rasquetean en esa exclamación indignada. Pero ahí también hay más bla-blá y más glu-glú.
Ya sabemos. Cuando el billete hace que baila, la mierda corre y la traición también. Los mismos que aluden a la coherencia artística, pueden ser los carroñeros que rajan la careta de MTV latina. No hace falta ser el más bicho para darse cuenta que hay mucho beat y mucho soul barato y bossanova ponja. Yiritos de tiendas progres, sin amor.
El mundo cultural que se acongoja puede ser el mismo que premia a jóvenes talentosos que abiertamente prefieren abandonar la Belleza para forrarse de plata, trolas coquetas que llenan de mentiras su oreja, y codearse con la élite artística global. Y eso lo venden como decisión pragmática, una sensatez elemental para pegarla. En manos de pavotes todo el sueño quedó.
Pero es inevitable. La moda les sopla qué cosa penar. Y hasta la poesía del Indio puede ser puesta a la par de quienes imitan los narcocorridos de Ciudad Juárez. ¿Hay lugares del mundo, quizá, en que un joven muera de vejez? Ya ni siquiera Nike es su cultura. Los muertos sin alma siempre quieren juzgar. Y asusta un poco verlos así.
Cagar la horma del queso viejo
El periodismo construyó prestigio con la mitología del Cuarto Poder. Se vió a sí mismo como guardián del interés público frente a los abusos del Estado y el mercado. Hasta que se descubrió que, en realidad, formaban parte de ambos.
En 1997, en pleno auge de la televisión por cable, tras la suspensión del primer recital en Olavarría, el Indio apareció en cámara y habló de la información del futuro en los nervios de los jóvenes. Eso era lo que sus canciones descodificaban. Y era el espanto para los que hacían del escándalo su modelo de negocios.
Las realidades se bifurcaron sin posibilidad de reencuentro. Entre la muerte de Bulacio I, en manos policiales tras Obras en 1991, y la de Bulacio II en Olavarria en 2017, junto a otra persona, en medio del concierto, pasaron 26 años. Pero los orquestadores clavaron la misma indignación contra la figura del ídolo.
Los ricoteros sabían que no necesitaban intermediarios. Y los medios nacionales supieron que había algo que nunca iban a digerir. Se creían los dueños de la leyenda y que podían joder el placer. Pero la vitalidad de la obra persistía.
Con su nombre a merced de los miserables, el Indio fue, durante cuarenta años, una prueba de los límites de esa máquina. Un fóbico, ermitaño y con eventuales aires de profeta, que convocaba a multitudes inimaginables porque llegaba a decir lo que nadie entendía. Para peor, espiritualmente anarquista y amigo de Máximo Kirchner.
Que un millonario incite a la revolución, que un izquierdista antisistema conecte con los pobres, que un músico de rock hable como intelectual, que un símbolo del antiestatismo subterráneo defienda al kirchnerismo, que un artista haga música convencido, semejantes anomalías no podían ser perdonadas. Es así, no hay quien le quite a ese gallo el espolón.
Desde la Cofradía hasta Los Redondos, con una historia anarco más próxima al anti que al peronismo, el Indio es, tal vez, uno de los pocos fenómenos populares en serio no peronistas. En los años Fundamentalistas, para la población de biografía antipejotista que atrajo la figura de Cristina, el Indio ayudaba a sentir la vibra del pueblo en sangre. Eso tampoco lo pudo asimilar el corazón adiestrado del periodismo, que se conformó con ajustarlo a su antikirchnerismo.
El poder de ese periodismo reside en el prejuicio de que es mejor estar informado y tolerar todo. Del mismo modo que el prestigio de los intelectuales se solventa en la idea de que la inteligencia es un atributo superior a la estupidez. Un bobo lava y un tonto enjuaga. Pero ya todos se dieron cuenta que esos chimangos no tienen piedad. Y ahora vendrá su fantasma para librarse de ellos.
La divina TV Führer, hoy expandida en sus dominios, distribuye su liturgia. Le interesa el show: la disputa por quién tiene derecho a llorar, quién entiende de verdad, quién es el custodio legítimo del legado.
Lo que está en las pieles, sin embargo, no requiere mediación, no necesita análisis, no pide que le expliquen lo que siente. El deber de un amigo es perdonar, porque hay que estar sonado para olvidarse. Es tan triste esta vez que no puedo hablar. No hace falta buscar más consuelos tontos. Son los modales así.
Se siente en paz, y como siempre... adieu! bye bye!



Gracias. Cómo trabajador de prensa estoy podrido de los periodistas