Clean Enough
Todo lo que se llama cara, por Marco Mizzi
MetLife Stadium, East Rutherford, Nueva Jersey. 1:07 PM - Hora del Este.
Alejandro Domínguez llegó al palco demasiado temprano y lo encontró vacío.
Habían sido demasiadas emociones para un solo mes, y la perspectiva de tener un rato, al menos unos minutos, en soledad, alegró al presidente de la CONMEBOL. Pensaba que podría tomarse un café mirando la gente llenar el MetLife, sin tener que pensar en nada.
Se equivocaba. Pronto descubriría que no estaba solo, e iba a tener que pensar mucho. Y rápido.
Porque el FBI iba a detener al Chiqui Tapia. Por orden del presidente Trump, el operativo debía hacerse en el show de medio tiempo, en un despliegue acorde al gusto americano. Una docena de agentes, con armas largas y enfundados en equipo balístico, irrumpiría en la cancha, trepando las gradas y apresando al criminal. Un helicóptero sobrevolaría las inmediaciones del estadio, preparado para protagonizar una persecución por la Interestatal 95.
De todo esto se enteró Domínguez apenas se sentó en el palco oficial de la FIFA, y uno de los camareros, un chicano al que había adornado con cuantiosas propinas para que lo mantuviese al tanto de todo lo que viese u oyese, le trajo las novedades junto con el café. Negro, con tres de azúcar.
Nadie explica cómo se enteró el camarero, aunque eso no importa demasiado. El paraguayo dejó la taza sin haberla tocado.
—Repetime eso —dijo.
El camarero lo repitió.
Domínguez, consciente de que estaba cometiendo una torpeza, tomó su móvil y llamó a Chiqui para advertirlo.
Estacionamiento Sur. 1:23 PM
El sanjuanino estaba bajándose del coche cuando recibió la llamada. Escuchó sin interrumpir. Sintió que le temblaban las piernas. Pero fiel a su estilo, tragó saliva, recompuso el rostro y pidió a su CM que lo filmase tirando un beso a la cámara.
Más adelante se detuvo a saludar a algunos hinchas. Trataba de ganar tiempo para ordenar sus ideas. Sabía que tenía que moverse rápido. Muy rápido.
Tapia era, ante todo, un sobreviviente. Se había transformado en uno desde muy joven, en las calles oscuras de Barracas, donde una frase mal colocada o una mirada fuera de lugar podían costar muy caro. Ese aprendizaje le había servido en el sindicato y seguía siendo útil en la AFA. Aquella tarde en Nueva Jersey volvería a ponerlo a prueba.
Al llegar al vestuario, abrazó a todos con efusividad. Después, llamó aparte a Lionel Messi.
Dentro de un clóset de limpieza, sentado sobre una caja de Lysol, Tapia encendió un cigarrillo. El led blanco del armario se demoraba un segundo atrapado entre el humo antes de brillar en el anillo de plata con la cara de Carlos Gardel, y por un momento el rostro del Zorzal pareció moverse bajo la luz, como si cantara algo que ninguno de los dos podía escuchar.
—Vos confiá en mí, Leo —dijo el dirigente—. Nunca te fallé. Pero esta vez no depende de mí.
—¿Qué está pasando?
Tapia le resumió al astro las novedades. Después fue lapidario.
—Si caigo yo, caemos todos. Todos, Leo. Incluso vos.
Messi, suponemos, puesto que nadie que cuenta esta historia se detiene a describir lo que tenía para decir, agachó la cabeza. Pensaba, quizás, en su padre.
Tapia entendió lo que ese silencio significaba. Abrazó a Lionel, y salió.
Veinticinco minutos después, Tapia había conseguido el aval de Infantino. Faltaba resolver todo lo demás. El presidente de la FIFA hizo unas llamadas. Luego les informó que esperaba cerrar el acuerdo con dos charlas.
No se trataba solamente de fútbol. Nunca se trataba solamente de fútbol.
La victoria española permitiría cerrar un acuerdo que involucraba los derechos televisivos del próximo Mundial de Clubes, el apoyo de Madrid a la reforma del calendario internacional y ciertas garantías norteamericanas sobre Gibraltar. A cambio, el Departamento de Justicia olvidaría durante unas horas el expediente de Tapia. Después, con suerte, lo olvidaría para siempre.
Nadie conocía a fondo todos los términos. Pero todos comprendían lo esencial: aquella tarde los españoles iban a alzar la Copa del Mundo. Claro que primero tenían que convencerlos de aceptar como regalo un partido que, hasta ese momento, pensaban ganar por sus propios medios.
El Palco Real ocupaba el sector oeste, a resguardo de las cámaras. Tenía piso de alfombra de Isfahán, y un televisor de 70 pulgadas. Su Majestad Felipe de Borbón, sexto de su nombre, heredero de una casa que había gobernado sobre dos continentes, escuchó la propuesta sin mover un solo músculo del rostro.
Cuando Tapia terminó de hablar, el Rey no respondió enseguida. Jugueteó con la uña que acababa de arrancarse del dedo anular, empujándola con la lengua de un lado a otro de los dientes, midiéndole el filo, como si esa medialuna diminuta fuera lo único de aquella jornada que le pertenecía de veras.
—Haremos lo que esté en nuestra mano —dijo finalmente.
La siguiente reunión fue con Donald Trump.
El presidente estaba de espaldas, frente a un iPad que transmitía las tribunas todavía a medio llenar. Con dos dedos ampliaba y reducía la imagen, deteniéndose en los sectores vacíos. No los invitó a sentarse.
—It’s not full —gruñó Trump.
Infantino le explicó que faltaba bastante para el partido.
—Still, it should be full.
Tapia intentó hablar del operativo. Trump levantó una mano sin darse vuelta. A un costado, apareció un asesor de traje gris, sosteniendo una carpeta cerrada contra el pecho. Se la alcanzó.
—They tell me you’re a problem —dijo finalmente el presidente, mirando los documentos.
Chiqui miró a Infantino. Infantino miró a Domínguez. Domínguez habló de estabilidad institucional y de los peligros que la detención del presidente de la AFA representaría para los mercados estratégicos que se habían abierto con el Mundial.
Trump recién entonces se volvió.
—No. That would be great television.
Sonrió. Después señaló a Tapia.
—No penalties. It’s too risky. Spain wins. Clean enough.
Volvió a mirar la pantalla.
—And make it dramatic.
Infantino le aseguró que el primer gol de España sería anulado, pero el americano ya no lo escuchaba. Dijo algo al oído de su asesor, que salió a hablar por teléfono. Trump suspiró:
—Okay. Let’s do it.
Siempre de espaldas, agitó su mano en el aire, indicándoles que se retiraran.
Vestuario visitante. 2:42 PM
Tapia se había sacado el saco y la camisa. Así, en camiseta, sus brazos morenos y velludos parecían dos troncos de quebracho cubiertos de musgo gris. Caminó entre los bancos, explicando la situación. No dio nombres ni profirió amenazas. Esa es la forma en que se dicen las cosas cuando se sabe que nadie va a interrumpir.
Nadie lo hizo.
Scaloni ya lo sabía. Había recibido una llamada del fisco español minutos antes, y había aceptado sin reparos. Estaba de pie contra la pared del fondo, con los brazos cruzados, y no levantó la cabeza en todo el discurso. Messi tampoco.
El primero en animarse a hablar fue Lisandro Martínez.
—Yo así no salgo —dijo.
Cuti Romero se puso al lado suyo sin decir palabra. No hacía falta.
Tapia, que los apreciaba a nivel personal, les ofreció una salida elegante. Una molestia muscular a los veinte minutos, el aplauso del estadio y la foto con la medalla de plata. Los dos negaron con la cabeza. Chiqui no se amilanó. Se acercó a Lisandro y le acomodó el cuello de la campera.
—Dale, campeón —susurró en su oído, mientras le clavaba un rodillazo en el muslo derecho.
Martínez cayó al suelo, con los ojos bien abiertos. Parecía ver por primera vez al hombre que tenía delante. Cuti giró en busca de apoyo, pero nadie más en el vestuario estaba dispuesto a reaccionar.
No le importó. Le tiró un derechazo, que el Chiqui esquivó con un quiebre de cintura, demasiado ágil para su cuerpo. Con una mano Tapia tomó en el aire la muñeca del Cuti, doblándola como si fuera de cartón mojado. Al mismo tiempo, levantó la otra.
Romero vio venir sobre los nudillos a la sonrisa de Gardel, brillando como un mal chiste. Justo antes del impacto, se escuchó un grito. El puño quedó suspendido en el aire.
Enzo Fernández había estallado en un ataque de llanto. Tapia lo miró con desprecio. Soltó al Cuti y se acomdó la camiseta.
—Creo que queda claro lo que hay que hacer, ¿no, Gringo?
Poniéndose rojo al notar que se dirigía a él, Scaloni se despegó de la pared:
—Sí, sí s-señor. Cla-clarísimo…
Chiqui se acercó al perchero y descolgó su ropa. Mientras se abrochaba la camisa, vigilaba al vestuario por el espejo. Enzo Fernández sollozaba en silencio, apoyado en un locker. Arrodillado a su lado, De Paul le acariciaba la mejilla. Enzo se iría por doble amarilla, buscando la segunda con una determinación que nadie en el estadio entendió y que después todos comprenderían demasiado bien.
Justo antes de salir, Tapia extendió la mano para saludar a Lautaro Martínez, que estaba sentado junto a la puerta. El delantero rechazó el gesto, se levantó y salió del vestuario antes que el Chiqui. No volvió a cruzar palabra con el cuerpo técnico. No fue considerado para entrar.
Montiel se limitó a ponerse los botines y salir a la cancha. Jugó como si no hubiera habido ninguna charla. Corrió todas las pelotas. Scaloni lo retó en el entretiempo pero no hubo caso: tuvo que perder una ventana de cambio para sacarlo a los cincuenta y siete minutos, después de que el defensor barriese a Cucurella.
Del Dibu se dicen cosas que escapan a la decencia. Pero con Tagliafico nadie logra ponerse de acuerdo. Jugó tan bien, que se dice que aceptó y después se arrepintió dentro de la cancha. Como ya no había forma de sacarlo, fue un dolor de cabeza para Tapia hasta el pitido final.
Cada vez que subía por la izquierda, el dirigente argentino se sujetaba a la baranda del palco con las dos manos. Cuando Tagliafico le robó una pelota a Torres y salió jugando, Tapia se llevó una mano al pecho. El hombre sentado a su lado lo felicitó por la jugada. Chiqui sonrió como pudo y levantó el pulgar.
Hay otra versión: a Tagliafico nunca le avisaron. No estaba en el vestuario cuando se decidió perder, y nadie reparó en su ausencia. El hombre jugó ciento veinte minutos un partido arreglado creyendo que era de verdad.
***
La cosa es así, papu, yo te la voy a contar.
Vos fijate que Qatar y la FIFA nos pusieron todo en la Copa anterior. Todo. Horarios, árbitros, penales. Si no te acordás que empezaron a joder con Penalessi. Y todo bien, somos gente grande, sabemos cómo son las cosas, es mejor manejar uno los árbitros a que los manejen otros, pero vos sabés que eso no es gratis, eso en algún momento se paga.
Qatar fue un crédito y había que pagar la cuota. Entonces lo que estaba arreglado era perder la semi con Inglaterra. Estaba arreglado de antes, eh, de mucho antes, no en el Mundial.
Fijate el gol que le anulan a Egipto, o el gol de Inglaterra que pega en el cable. Esto es negocio, somos gente grande, y la onda era una semifinal España-Francia y la otra Inglaterra-Argentina y después… Ya estaba todo arreglado.
Pero ahí arranca la película. Y ahí hay una escena que es la mejor de todas.
Los campeones del 22, el núcleo duro, encerrados. No sé dónde, qué sé yo. En una habitación de hotel. Dale. Ahí están pero la cámara no les muestra la cara, los toma de espalda digamos. Están todos en un sillón, mirando la televisión. Mirando como dos juegan a la Play mejor. Eso. Dos juegan al Fifa, los otros miran y entonces de la nada se escucha la voz que dice que no. Que este partido lo jugamos.
Quién lo dice cambia según quién te lo cuente. Hay una versión donde lo dice Leo. No me va, muy obvio. Otros que Molina, el peorcito, el que menos derecho tiene para pedirlo. Tampoco me va. A mí me gusta más que no lo diga nadie, que termina el partido del Fifa, se miran y ya está. Vos los ves y entendés que ya está.
Y ahí, corte. Plano de Scaloni en su oficina. Se aleja la cámara y están Samuel, Aimar y Ayala parados atrás. Se escucha a Messi hablar. Scaloni no dice nada. Y eso es clave. Porque él ya había salido a advertir por televisión que era solo un partido de fútbol, que no había que avivar nada. Andá a fijarte, está grabado. El tipo estaba avisando.
Entonces qué hace en el segundo tiempo, cuando en el entretiempo los jugadores le vuelven a decir que van a jugar en serio. Nos meten el gol y Messi lo mira, Scaloni le sostiene la mirada, y los dos se entienden perfecto. Pone a De Paul, pone a Montiel, a Ota, a Lautaro. A los que empujaban. Scaloni los manda a la cancha y se lava las manos. Textual: si lo ganan lo ganan ustedes, yo no tengo nada que ver.
Y ganamos.
Y ahí vino lo del trapo, que por ahí fue demasiado. Fijate, lo dijo Macri. Hicieron una de más, dijo el hijo de puta. Así se maneja la mafia. Nos lo estaban advirtiendo, en boca de él. Porque una cosa es ganarles, romperles bien el orto, y otra es sacar la bandera de Malvinas en el medio de la cancha, con todo el mundo mirando. Eso ya es pasarles la pija por la cara.
Fijate que ahí se pudrió todo.
Arranca un montaje rápido de esos días: llamadas, autos, medios bardeando, los famosos diciendo barbaridades del país, mexicanos pegándole a argentinos en la calle, gente entrando y saliendo del hotel. Todos contra Argentina. Nos odian porque no agachamos la cabeza. Y por eso apretaron, y fuerte. Pero los tipos aguantaron. Aguantamos. Toda la semana aguantamos. Esa es la parte que a mí me gusta.
Después está lo del vestuario, y ahí ya no hay diálogo. Cámara en el pasillo, la puerta cerrada, y vos ves la puerta nomás. Un minuto largo. La puerta se abre, sale Infantino rodeado de patovicas. La puerta se cierra. No se escucha nada.
Pero te lo hacen entender. Ahí ya no era el fútbol. Ahí eran los laburos, las desafiliaciones, las familias. Vida o muerte, papu. Con estos tipos vos no podés joder.
Ahora acá viene lo bueno, porque si la película terminara ahí sería una mierda.
La noche anterior, uno de ellos le había contado un cuento a la hija por videollamada. Aimar. A mí me gusta que sea Aimar, porque significa que el cuerpo técnico y los jugadores se arreglaron. Bueno. La hija ya es grande, preadolescente, pero le pide igual: papá contame el de siempre. Hansel y Gretel. El que tiran miguitas para poder encontrar el camino.
Y entonces Aimar en el vestuario, antes de que abran la puerta para salir, se acuerda de eso y ¡pum! se le ocurre ahí, y lo propone y todos aceptan.
Porque perder lo iban a tener que perder. Eso ya estaba. Pero podían ir dejando marcas. Cosas raras, cosas que no cerraran, para que después alguien las juntara y se diera cuenta. El video ese de la arenga rara, las lesiones, los cambios que no se entienden, el que se hace echar, el que no entra nunca. Todo eso está hecho a propósito.
Ellos ya sabían que no iban a poder contarlo. Entonces lo dejaron escrito en el partido. Y por eso podemos saber lo que pasó, ¿entendés? Porque ellos quisieron. Mirá el segundo tiempo de nuevo y vas a ver que ninguno se mira. Fijate. Ninguno.
***
Ritual iluminati de traspaso del cetro de bufón demoníaco de Messi a Lamine Yamal.
***
Vamos a seguir buscando. Cualquier cosa antes que aceptar que nos ganaron.

