Delusos, ilusos y confusos
Sin factura por Marco Mizzi y Lucas Paulinovich
Cual un fantasma me quiere envolver/el desconcierto de la realidad
José María Contursi
Hay algo raro en el aire. No es sólo el bloque atmosférico que agobia el Cono Sur, ni la economía jadeante bajo este sol tremendo. Ni siquiera la guerra que se asoma por los celulares, trailers de una serie de Netflix ideada por un guionista embrollado. Es otra cosa. Una sensación más difícil de nombrar.
Es como si la realidad se hubiera vuelto demasiado.
Por suerte, a la mayoría de la gente estas cosas les pasan por el costado. Enfrentan sus consecuencias sin detenerse mucho en las causas. Dios nos libre de vivir en una sociedad plenamente politizada: sería insoportable. Como lo son esas minorías intensas que mastican información ultraprocesada, más nociva que las frituras en aceite vegetal.
Aquellos capean el temporal y tratan de sobrevivir. Estos, en cambio, se atacan de neurosis al comprobar cómo se les va la vida en sus castillos de arena. Sería hasta divertido si su desvío no ejerciera presión e influencia sobre la vida institucional.
No hablamos exactamente de las mentiras que elaboran. Mentir exige cierta relación con la verdad. Lo que aparece entre los hiperpolitizados es un mecanismo más complejo: cuando la realidad que pretenden gobernar se vuelve inestable, dejan de intentar comprender y buscan reemplazarla. Marcos teóricos que son como ansiolíticos.
El yeite, que no es nuevo, adquiere por estos días una velocidad inédita. Ese proceso ocurre en directo, bajo la presión de una sobreabundancia de data que no jerarquiza, sino que aplana: el hecho convive con la opinión, el análisis se camufla con el meme, la evidencia se transforma en sospecha.
Comprender deja de ser una tarea acumulativa y discriminatoria, y pasa a ser una urgencia emocional. Histeria cognitiva, paranoia acrítica. Se elaboran sistemas completos, cerrados, listos para usar. No buscan explicaciones que iluminen lo que pasa. Lo que se necesita es, simplemente, que ordenen.
En el Tablero Político en pugna no hay ya ideologías. Hay niveles de delirio. Dispositivos de autodefensa álmica para domesticar la incertidumbre.
Comedia trasnochada donde aparece festejada
Los delusos doblan el mundo hasta hacerlo entrar en el bolsillo de su capricho. Si el dato los contradice, peor para el dato. Si el hecho los humilla, se lo reescribe. No mienten del todo: deliran con método.
Entre nosotros, los delusos más acabados son los fanáticos terminales del ciclo agotado y los conversos rabiosos del nuevo régimen. Kirchneristas y libertarios acérrimos: enemigos en lo superestructural, hermanos siameses en el procedimiento. Unos todavía suspiran por el país que imaginaban conducir. Los otros ya viven en la Narnia que prometieron conquistar. Ninguno habita del todo éste suelo.
A los kukas les cuesta tolerar que les gobiernen en la cara. El conflicto no es sólo quién gobierna, ni siquiera cómo lo hace. Como advirtió Rolando Graña frente a Lanata, el problema es el tono: sin pedir permiso, sin hablar su idioma, sin reconocer sus códigos morales como el centro del sistema.
No es, como se les dice, que no la vean. No la aceptan. No pueden permitírselo. Hay demasiado invertido: identidad, biografía, capital simbólico, pertenencia. Quizás, incluso, algún billete.
Para el deluso kuka el presente es un montaje. Un plan macabro con fines antipopulares. Del acuerdo con el FMI a una guerra en Medio Oriente, todo entra en la misma matriz: disciplinamiento global, restauración conservadora, revancha de las élites. La consigna permanece intacta aunque el mundo haya cambiado veinte veces: es el neoliberalismo, estúpido.
Los libertarios proceden de igual manera sobre otro decorado. Tampoco corrigen su lectura frente al golpe de los hechos: más bien contragolpean la realidad con martillo y teclado hasta hacerla entrar en su proclama. Si algo sale mal, era parte del plan. Si la economía no arranca, es porque algunos no están preparados.
Este desplazamiento se ve con claridad en la forma en que se interpretan los costos. Lo que en otro contexto sería considerado una alerta -caída del consumo, cierre de empresas, tensiones sociales- es resignificado como etapa necesaria de un proceso superior. Cuanto más intenso es el malestar, mayor es la convicción de que se está atravesando un umbral histórico. Si duele, es parto. Si se hunde, es el precio de la verdad.
El deluso libertario es uno más de los pibes para la liberación. Su triunfo es su Godot. Las demoras se explican de forma infantil: falta ir por lo que falta. El país es para ellos una excusa. No gobiernan sobre lo que hay: administran ansiedades en un paraíso que nunca termina de llegar.
La diferencia central entre ambos grupos no es tanto su relación con el presente, como su forma de disputar lo que ya no puede defenderse. Para un kuka, el pasado es un agón: un territorio de disputa melancólica. Para un libertario, lo que pasó directamente no existe: se descarta. Como si una sociedad pudiera resetearse con la fuerza de una consigna.
Más allá de esto, que vamos a desarrollar en otras entregas, se parecen más de lo que estarían dispuestos a admitir. Ambos convierten toda derrota en conspiración, y todo daño en virtud. Ambos creen que el mal viene de afuera, y que el bien está por venir. Ninguno soporta el límite, ni la mezcla. Se niegan a aceptar la resistencia de las cosas.
Ilusión que viviendo latente pasó entre la gente y pura siguió
Los ilusos se parecen a adolescentes que descubren el sexo: desbordados por la intensidad de la experiencia política, reducen todo a la excitación del momento. La realidad nunca los contradice. Los estimula. Son tan magníficos los hechos que se les ofrecen, que se entregan a la conmoción antes de poder entenderlos.
Un deluso es un maníaco. Pero los ilusos son cándidos. Creyentes de ocasión, yonkis de cosmogonías baiteras, almas en alquiler para cualquier épica que les prometa intensidad o pertenencia. Les seduce, por eso, lo que garpa, funciona, está pegado, entre los propios.
Porque el iluso sueña los sueños envasados por alguien más. Adquiere marcos, consignas, mitologías portátiles. Ávidos en la búsqueda del nuevo avive que los haga sentir algo, no se detienen a pensarlo demasiado. Así, viven de segunda mano, pero con el fervor envidiable de los conversos.
En una Argentina donde a la par de Shein y Temu prospera la importación de las breve introducción. Una formación de cuadros basada en videítos de YouTube: Nicolás Land, Alejandro Dugin, Tomás Picketty y Marcos Fisher para principiantes. Conceptualizaciones sentimentales que, elaboradas de la forma correcta, generan adeptos.
Están los que traen libritos de la Alt Right como si fueran el nuevo Libro del Mormón. Están los situacionistas tardíos que exploran fuentes de financiamiento alternativo para sus industrias antes subsidiadas por el Estado y salen a emplearse en la enésima Fundación. Y también está la vertiente del peronismo integrista, los que rebuscan viejos versículos del General para exponer por qué nadie es lo que ellos son.
Los ilusos son pésimos traders. A veces con laureles académicos, a veces con pura pose y entonación. Llegan tarde y llegan exaltados. Cuando promueven una idea, es señal de que hay que vender: ya hay alguien abajo apagando las luces.
Esto les ocurre porque su forma de acercamiento a la política es estética. De tono y circunstancia. Un poscolonialismo de artistas pop, donde hay un consumo para cada algoritmo. Dícese: amé, tirá factos, todo lo que está bien, es por acá.
Para el iluso, los fenómenos son traducidos en un relato accesible, moralmente ordenado y emocionalmente satisfactorio: el enfrentamiento a los poderosos de siempre, sean quienes sean. También la dependencia eterna, la traición permanente, los pases de factura, las nuevas teorías que en vez de explicar el mundo, tienen que explicar por qué el mundo no coincide con la explicación... Es muy difícil ser iluso. Lleva mucho tiempo. Cuesta guita.
Por eso, en esa emancipación de la realidad, la política es un lujo comprometido: una experiencia cultural antes que de poder. La discusión pasa a organizarse en torno a narrativas que se megustean, se comparten y se refuerzan dentro de comunidades cerradas. La eficacia de un argumento se mide por su potencia para generar identificación y no por su capacidad de impacto en las estructuras de poder.
El problema del iluso no es el entusiasmo. Sino que pueden confundir la fogosidad de un coito con la profundidad del amor.
No siempre el que madruga puede más que el que se arruga
Los confusos son las viudas de la República Perdida. Los más desorientados. Porque estaban seguros de vivir en un mundo inteligible. Y ahora saben que aquello en lo que creyeron ya no está. Su razón liberal, con mecanismos reglados, sensatez económica, límites y consensos mínimos, no se parece en nada al presente.
Hay, en el fondo, algo que nunca van a confesar: sabían que esas instituciones hacía rato no funcionaban. Pero ahora aparecieron algunos que lo dicen abiertamente y actúan en consecuencia.
Es incómodo para una élite que se autopercibe dirigente, incluso ilustrada: la sensación de que todo se volvió… raro. Y a pesar de que conservan los aparatos y los conceptos, les sacaron el mundo.
Esa pérdida no es solo política o intelectual. Es también existencial. Porque lo que se resquebraja no es únicamente un conjunto de ideas, sino una forma de habitar la realidad. ¿Qué se les pasará por la cabeza a estos tipos cuando se sientan con Milei vestido con mameluco de YPF? Sus analistas dirían: incógnitas.
Algunos sufrirán de verdad esa intemperie. Otros la gestionan internamente. Y ahí aparece el confuso en su forma más acabada: el que acepta la ambigüedad como método. Gobernadores que dicen una cosa y pactan otra. Radicales que sobreviven flotando. Periodistas e intelectuales que llaman complejidad a su falta de talento para aprehender lo que sucede. Gente de la que no se sabe, ni ellos quizás lo sepan, si está defendiendo una idea, una caja o un lugar en la mesa.
Porque su reacción es previsible y decorosa: se aferran a lo que conocen. A las formas. A las proclamaciones de paz, los augurios universalistas, el sueño de las normas y los tiempos del diálogo. La creencia de que puede domesticarse a los bárbaros, o al menos, sobrevivirlos.
Debajo de esa gramática institucionalista también late otra cosa: miedo a desaparecer. La previsibilidad, aunque imperfecta, funcionó durante varias décadas. Un piso compartido de instituciones, credenciales y jerarquías reconocidas. Sin ese suelo, todo se vuelve inestable. Ya nadie respeta nada.
Lo paradójico es que esa conciencia no alcanza para producir una nueva síntesis. La lucidez no se traduce en acción. Apenas produce formas elegantes de la impotencia. Los diagnósticos se vuelven cada vez más precisos, mientras la capacidad de intervención se reduce.
En el fondo, esperan que esto caiga por su peso. En lo más íntimo, tal vez no crean en un colapso literal. Pero, ¿y si están equivocados? Los confusos no deliran ni se entusiasman. Dudan y calculan. Racionalizan. Perciben que el orden idealista en el que confiaban está desapareciendo. Y de ellos nadie se acuerda.
En el mismo lodo
Delusos, ilusos y confusos reaccionan distinto, sí, pero operan igual. Frente a una realidad que ya no se deja capturar, la simplifican. La filtran. La acomodan hasta que encaje en algo que pueda ser soportado.
El reemplazo tiene una función clara: restituir una fantasía de control. Porque lo verdaderamente insoportable no es la crisis, ni el conflicto, ni siquiera la pérdida, sino la imposibilidad de anticipar. Cuando el futuro deja de ser proyectable, cualquier narrativa que ofrezca una dirección, aunque sea ficticia, se vuelve valiosa.
Todo esto, repetimos, importa menos de lo que parece. La mayoría de las personas sigue viviendo bastante al margen de estas disquisiciones: trabaja, cría, emprende, se equivoca, vuelve a intentar. Se ocupa de sus cosas con resignación y esperanza, intentando ser feliz con lo que tiene y con lo que puede conseguir.
La vida ordinaria, persistente y silenciosa, es el verdadero motor de la Historia.
Felices Pascuas de Resurrección.


Qué blanda la asociación de los kukas a algún billete, como si los Mileístas (hay que dejar de cargarlos de ideología llamándolos libertarios) no estuviesen asociados.