El arte de no moverse
Realdemocratik por Lucas Paulinovich
Arrancó el año político, y en Uganda siempre es tiempo para hablar de sí misma.
En 2024, en uno de los episodios de Ejército Blanco, el podcast que hicimos junto a Ezequiel Clerici, nos detuvimos en una pregunta que aparece una y otra vez cuando se habla de Uganda: ¿es una ciudad progresista o conservadora?
En esa charla, Ezequiel remarcó la tendencia ugandesa a dejar todo como está, la comodidad del establishment, la condescendencia impostada de las elites culturales, una prédica de tolerancia que roza la hipocresía. Su diagnóstico era que Uganda es una ciudad que hace culto de las ideas de avanzada, pero de carácter conservador. Con un ánimo progresista que marca lo que se puede y, sobre todo, lo que no.
Mi posición era levemente distinta. Creo que Uganda es la Ciudad Progresista por excelencia. Eso que Ezequiel identificaba como conservadurismo, yo lo llamo quietismo: que nada suceda demasiado y obligue a revisar los consensos que supimos conseguir.
En esa quietud, no hubo espacio para la emergencia de una variante política genuinamente conservadora. Porque su sola aparición despierta las alertas en la ciudad del Progreso.
En la política doméstica nadie quiere asumir los costos de patear el tablero, ni siquiera con una declaración incómoda. No porque no se pueda, sino porque no se está en condiciones de afrontar los efectos. Porque en la Local los medios viven de la Pauta, y los políticos, viven de los Acuerdos. Entonces, el miedo a los efectos marginadores del qué dirán o a las consecuencias dentro de la propia coalición, funcionan como freno estructural.
En ese sentido, lo que hay en Uganda más que resistencia, parece ser sedación. Las oraciones laicas sobre la democracia y los recitales gratuitos de Nicki Nicole sirven de ansiolítico. Una forma de mantener la imagen de ciudad plural, diversa e innovadora, mientras los consensos se caen a pedazos. Un pequeño mundo estancado en lo políticamente correcto.
Quizás el momento de máxima tensión se dio en marzo de 2024, con los atentados narcoterroristas. Hubo entonces un giro conceptual en la política local que acompañó algo que ya estaba sucediendo en la sociedad: la necesidad de que el Estado imponga el orden.
Pero ese algo, aunque celebrado discursivamente desde la ciudad, bajó como un baño de realidad desde Provincia y Nación, menos escrupulosas a la hora de lidiar con las viejas disputas por los derechos humanos del Pacto Democrático.
La forma retórica de esa contradicción se da en torno a quienes deben ser cuidados, una puja simplificadora entre los buenos y los malos. Algo que el intendente Javkin se encargó de remarcar en la reciente apertura de sesiones del Concejo Municipal que inauguró este Año Par de preparación y acercamientos.
Para entender el presente no hace falta exhumar el cadáver del anarquismo obrero ni llorar sobre las cenizas de la Comuna de Uganda. La genealogía del quietismo está a mano en el derrame cognitivo de las izquierdas postmarxista y postestructuralista para consumo de la burocracia estatal. Una usina de pensamiento que no produce soluciones, sino marcos teóricos para justificar por qué, ante cada crisis, lo más revolucionario que se puede hacer es organizar un conversatorio para gestionar la impotencia.
Por eso, esa intervención conjunta de Provincia y Nación es mucho más que un despliegue de fuerzas de seguridad. Representa la primera grieta real en la superficie de culpa de la vida pública ugandesa. Mientras La Parroquia seguía buscando la raíz multicausal del trauma, el desembarco del Plan Bandera y el Comando Conjunto actuó como un recordatorio brutal de que Uganda está pidiendo a gritos la confirmación del monopolio sobre el orden público.
Si Curtis Yarvin, un pensador de la llamada Ilustración Oscura, habla de La Catedral para referirse al complejo de las universidades de la Ivy League y el New York Times, en Uganda apenas nos da para La Parroquia, un complejo de validación moral que integra a la UNR, los medios de comunicación, las burocracias estatales, ONGs y sectores culturales, y fija los marcos de lo pensable, lo decible y lo respetable en una sociedad liberal-progresista.
Ese corralito de “medidas posibles” no es por falta de presupuesto, sino por una atrofia de la voluntad. Quienes gobiernan no están limitados por la realidad material, sino por el miedo a ser expulsados del jardín de lo políticamente correcto, con sus simpatías de organismo internacional y sus fuentes de financiamiento europeas.
Pero cuando el susto mutó en terror, la simulación empezó a mostrar sus errores. Durante décadas, el menú electoral de la ciudad fue un buffet del mismo progresismo con distintas temperaturas. Incluso la breve promesa de Roy López Molina en su momento de gloria pre-2019, encajaba en un socioliberalismo compatible con las agendas que dominan la cultura parroquial.
El semi-ballotage de 2023 entre Javkin y Monteverde fue el pico máximo de la obra que lleva más de 30 años. El credo de fondo permanecía intacto: esa fe ciega en que la política es una ingeniería de la felicidad diseñada por expertos, de los Viejos Partidos o de la Gente Común. Una fe que, frente a las persianas bajas y el olor a pólvora, suena a sarcasmo.
Esto trae inevitablemente otra pregunta: ¿por qué no parece haber espacio para una opción auténticamente conservadora? En los términos esquemáticos —y usualmente falaces— que se acostumbran, diríamos: ¿por qué en Uganda no crece una fuerza política de derecha?
El catecismo en La Siberia
Si miramos la política que se hace dentro de las instituciones —lo que alguna vez se nombraba como partidocracia— aparece una línea histórica. El emblema es Lisandro de la Torre y, luego, el derrotero del Partido Demócrata Progresista. Fue el primer predicador de fuste nacional de La Parroquia, autopercibida como racional, científica y moralmente superior.
Es lo que se vive en la experiencia inmersiva Uganda 300 —una de las atracciones del Tricentenario en los galpones ribereños—, que construye un relato basado en un orgullo solo validado por sí mismo, como un perro que se muerde la cola en el Monumento. En su etnocentrismo emocional, Uganda es la única ciudad que celebra no haber sido fundada, como si la orfandad fuera un mérito civil. Ese orgullo sin objeto nos convirtió en hinchas de la hinchada: gente que aplaude el hecho de estar aplaudiendo. Un loop infinito de endogamia cultural y burocracia del sentimiento con fondos públicos.
Lo que yace por debajo es la idea de Progreso indefinido, un destino histórico alcanzable mediante la acción iluminada de elites racionales y científicas, inspiradas en una grandeza dada. Para La Parroquia, el ciudadano nunca decide: solo es víctima de un hechizo tecnológico, del discurso del odio o de las políticas públicas transformadoras.
Lo que varía son las formas de ese constructivismo de matriz gorila. Lo que eran masas obtusas manipuladas por un general demagogo, ahora pueden ser multitudes inorgánicas presas de una red tecnológica utilizada por agentes maliciosos que guían las emociones para sacar provecho del hartazgo y la agresividad.
A La Parroquia le molesta que la amenaza al quietismo venga sin un posgrado en la Complutense de Madrid. No pueden aceptar que un ugandés prefiera a un loquito que le promete orden frente a cientistas sociales que le explican las causas profundas del fenómeno que sufren en carne propia.
Para el credo, no hay intención en las decisiones de las personas comunes y corrientes, no hay libre albedrío, genuinos deseos o esperanzas. Solo una especie de conspiración de pastores macabros que arrastran a los ciudadanos-ovejas sobrepasados por una precariedad que no saben manejar.
Desde ese lugar, en 2023, la elección entre Javkin y Monteverde fue una interna de La Parroquia. La diferencia era relacional: distintos vínculos con sectores del Círculo Naranja. Y cobra relevancia una fuerza nacional que logra en la Provincia un desempeño electoral considerable con candidatos prácticamente desconocidos y sin un gran despliegue de maquinaria política.
Y, en Uganda, ¿puede estar pasando algo distinto?
El club de los que nunca pierden
A simple vista, no parece que Uganda esté descreída de la política. El Círculo Naranja vive de ella. La gente depende de ella. Lo que se advierte es, más bien, un rechazo al consignismo pastoral de La Parroquia, que sigue recitando mantras mientras la ciudad se desangra.
Hay un fenómeno raro, que tiene dos formas de expresión, en apariencia, antagónicas: el pedido de menos Estado a nivel nacional es acompañado por un reclamo de mayor presencia a nivel municipal. Donde el Estado es cobrador de impuestos y generador de trabas, se repele. Donde es proveedor de servicios elementales para la vida cotidiana, se exige.
Por eso, no habría una contradicción entre la fatiga estructural y el avance del discurso anticasta. Son distintas la motivación del voto de la ideología del voto. Más bien, es legítima defensa electoral frente a un sistema que no garantiza ni la seguridad ni el transporte ni las veredas.
El crecimiento de La Libertad Avanza en Uganda no prueba automáticamente una conversión masiva al liberalismo radical. Antes, es un preferiría-no-hacerlo frente a un sistema percibido como incapaz de garantizar lo mínimo: orden, previsibilidad, seguridad, funcionamiento básico.
Uganda tampoco vota los proyectos de ciudad de los urbanistas, sino la capacidad de controlar el presente.
La ruptura del pacto progresista
Esto nos deja en la pregunta central: ¿estamos frente a un giro histórico o a una fase de catenaccio social? Uganda no abandona el progresismo por convicción doctrinaria. Lo que ocurre es otra cosa: el progresismo ugandés perdió su promesa fundante. La idea de que orden urbano, convivencia e inclusión podían sostenerse simultáneamente dejó de ser creíble.
La violencia narco rompió ese pacto implícito. Fue mucho en poco tiempo: los nunca bien estimados impactos de la Pandemia y las psicopateadas de especialistas globales, los atentados narcoterroristas y affaires entre jueces, jefes de AFIP y financistas locales, que exponen las trampas martinfierristas de la casta doméstica, donde la amistad con el poder deriva en ventajas explícitas.
Entre las causas intravenosas aparecen el control territorial informal, la erosión de la vida barrial, la sensación persistente de un Estado ausente o impotente. Y la posibilidad criminal de ganarse una vida meritoria. La implosión de la autoridad —deslegitimada, manoseada, atacada, corroída— sembró la realidad de buscas que pretenden imponerse por cualquier medio.
Sin embargo, esto no produce automáticamente un corrimiento ideológico “a la derecha” del sistema político. Lo que genera es la priorización del resguardo sobre la expansión de derechos. Porque, cuando el entorno se vuelve hostil, es lógico que el votante deje de evaluar proyectos de largo plazo y pase a medir la eficacia inmediata de contención.
Este escenario impone un desafío existencial para los espacios que pretenden dar continuidad a la Ciudad Progresista. El interrogante es si existe margen para un reformismo continuista que, asumiendo el agotamiento del modelo, logre metabolizar las demandas de orden y eficacia sin disolverse en el intento.
Una vía es la que Javkin exploró en su segundo mandato, notoriamente más activo y pragmático que el primero: una gestión que intenta sintonizar con el clima de época introduciendo reformas que antes eran tabú —mayor rigor en el control territorial, desburocratización y una versión menos vergonzosa del ejercicio de la autoridad—.
Sin embargo, para que esta opción sea creíble y no una mera táctica de supervivencia, necesitará romper el “corralito simbólico” que le impide tocar los consensos académico-políticos e impone el no-se-puede disfrazado de abordaje desde una perspectiva integral.
Si algo está ocurriendo en Uganda, no es un giro a la derecha por leer a von Mises. Más bien, lo que parece agotarse es un progresismo que se volvió un spa para la conciencia de la elite. Si el sistema no recupera un orden estable, el hinchismo termina con la hinchada invadiendo la cancha porque el equipo hace una década que no sale de la mitad de la tabla.
En definitiva, no sabremos si está ocurriendo algo hasta que podamos verlo. Es probable que Uganda no se vuelva ideológicamente antisistema. Pero sin dudas está dispuesta a votarlo si el sistema no demuestra capacidad de control y protección. Y ahí, probablemente, esté la disputa real que viene.

