FW: Costo Marginal
FW: por Marco Mizzi
De: Carlos Bustamante <cbustamante@hotmail.com>
Enviado: Martes 17 de marzo, 2026 11:17:29 PM
Para: Marco Mizzi <m.m.mizzi@estoesuganda.com>
Asunto: Costo Marginal
Amigo afuera está lloviendo y los leds del auto de Roldán brillan y se estrellan abajo del agua. Adentro tengo la carpeta abierta al lado de la computadora. Y me tengo que apurar. Me dio veinte minutos. Después se la lleva.
Te mando el mail ahora porque si lo dejo para mañana lo racionalizo. Me hago el boludo. Me lo tomo como algo normal y me vuelvo a sentir un ugandés ejemplar. Y ya sabemos que esa película termina con el cuerpo poniendo lo que la conciencia travistió.
El caso en principio es simple. Una desarrolladora quiere levantar un edificio en barrio Hospitales. Nada de lujo eh. Doce departamentos en cinco pisos. Ya tienen los planos, ya compraron una casona vieja y un pedazo de patio al vecino. Pero de la nada la Municipalidad salta con que el tránsito de la zona está saturado. Para ser aprobado, el proyecto tiene que tener cocheras.
Un apriete seguro, atrás debe haber intereses de la gente de Ric NO IMPORTA ME VOY POR LAS RAMAS Y TENGO POCO TIEMPO
La cosa es que la desarrolladora no sabe qué hacer. ¿Dónde meten las cocheras? No hay forma que entren en el plano original. Necesitan más lugar. Y justo al lado hay una casa baja, de pasillo. Vive una jubilada.
Van, hablan con la señora, le ofrecen una torta, la vieja no acepta. Consiguen contactos de la familia, ellos hablan con la vieja. Y nada. Una sola persona puede frenar un render.
Ahí entra en escena Damián Roldán. Cuarentipocos. Vive solo en una casa en Villa Diego. Lo conozco de chico. No es un monstruo. Eso es lo peor y te tiene que quedar claro: no es un monstruo.
En su jerga, que mezcla conceptos económicos con sicariales, una propiedad que no quiere venderse es un costo marginal. Lo último que le falta a una desarrolladora para cerrar la compra. El trabajo de Roldán es regularizar los márgenes de ese costo. Así dice.
Viene haciéndolo desde hace 11 años. Los últimos 7 de forma exclusiva: antes también era suboficial de la Policía de la Provincia de Santa Fe.
Usa métodos simples. A veces hay una familia testaruda que se niega al cambio, o que especula con ganar más plata. A veces hay un galpón de Azcuénaga donde funciona una fábrica de bicicletas y el desarrollador quiere un estacionamiento con portón automático. A veces el obstáculo tiene nombre y apellido, otras es una sucesión trabada, un primo que vive en otra provincia y no firma.
Entonces empieza. El almacén incumple las normas cuando cae una inspección sorpresa. El matrimonio de gente mayor de repente empieza a tener problemas eléctricos y filtraciones. Aparecen multas por ruidos molestos. Aparecen, incluso, ratas. La amenaza abierta es el último recurso.
—Desalojar no desalojé nunca a nadie. Yo hago que se vayan.
Te hago toda esta introducción para que entiendas el peso específico de lo que te voy a consultar.
Roldán me citó en Bar Las Heras. Dijo que tenía que hablar conmigo. Me picó la curiosidad: cuando un tipo así te dice de tomar un café es porque te quiere vender algo o porque necesita tu ayuda.
Llegué a eso de las ocho de la noche y me pedí un asturiano. El bar está cada día más insoportable, con una luz fluorescente que te deja sin sombras, sin edad, sin nada. Por suerte él cayó enseguida.
Jean, camisa celeste y su bendita carpeta de plástico traslúcido en la mano. Adentro —ya me lo había mostrado en otra oportunidad— tenía fotocopias de actas, intimaciones, recibos de una empresa de fumigación, un informe de “riesgo eléctrico”, capturas de pantalla de chats. Todo prolijamente legal. Todo más sucio que NO SÉ MÁS SUCIO QUE QUÉ NO TENGO TIEMPO PARA BUSCAR UNA BUENA IMAGEN ROLDÁN ESTÁ TOCANDO BOCINA
—Esto es un laburo normal —empezó a atajarse, lo cuál era un síntoma de que algo no andaba bien—. Normal.
En la tele pasaba un programa de cocina. Un jurado famoso destripaba un plato con palabras técnicas. Roldán se distrajo viéndolo.
—Normal para quién —le dije.
No se ofendió. Eso también era un síntoma.
Miró la carpeta. Después sacó el celular y me mostró dos imágenes. En realidad, fotos de fotos, lavadas por el flash: alguien había retratado la pantalla de otro teléfono.
En una había una mujer tirada en un patio de baldosas calcáreas. Los ojos abiertos sin mirada. Muerta.
En otra, un pibe de ojos achinados y piercing en la ceja miraba a cámara. Las manos detrás del lumbar. Preso.
La asesinada era la jubilada que Roldán tenía que ayudar a mudarse. El asesino, un pibe que a veces le hace changas a Roldán.
Este jura que lo mandó sólo para asustarla. Le creo. Lo conozco. Es muy cobarde para otra cosa. Pero su empleado se mandó un cagadón. ¿Motivos? Quién sabe. Demasiado entusiasmo, pocas luces, mucha cocaína. Da igual. Tiene diecinueve años y es de La Lata. Todavía no habló pero cuando se reponga de los golpes que le dieron en la comisaría va a querer hacerlo. Si le piden nombres, sólo conoce uno.
Roldán hizo un gesto con la mano. El gesto de alguien que abre una canilla y no sale agua.
—La desarrolladora se abre de gambas. Me piden que resuelva.
—¿Resolver qué? ¿Cómo?
—Qué sé yo Carlos. Estoy jugado.
Sin pedirme permiso agarró uno de los triangulitos de mi sanguche asturiano, y se distrajo con la tele. Masticar y tragar le costó una barbaridad.
—Esta vez el costo marginal soy yo. Pero tengo un resguardo.
Golpeó la carpeta con dos dedos.
—Te doy veinte minutos. Después me la llevo.
—¿Para qué?
—Para que la veas.
—Ya la estoy viendo.
—No me entendés. Para que la veas.
Me reí, aunque no tenía gracia. Yo había pensado que me iba a pedir ayuda u ofrecer una primicia. Y resulta que me proponía que fuera su seguro de vida.
Lo podría haber mandado a la mierda. Me gustaría decir que estuve a punto. Sería mentira. Miré la carpeta con gula. Desarrolladoras, inspectores, canas, abogados, empleados municipales, aprietes prolijos, mugre con membrete... Era DEMASIADO bueno amigo. Le dije que sí.
Pagué la cuenta y salimos. Afuera del bar me preguntó si tenía auto. Le dije que no. Me miró, burlón.
Su coche era un Corsa gris, muy limpio por dentro. Anduvimos bastante sin hablar. En los semáforos la luz roja nos cruzaba la cara y después verde y después nada hasta el próximo. En el de Corrientes y Santa Fe le pregunté desde cuándo trabajaba para la desarrolladora.
—Dos años.
—¿Y antes?
—Antes había otros.
Silencio. Después:
—¿Viste a Monti últimamente?
No lo veía desde el casamiento de su hermana, le recordé. ¿Dos mil catorce? Por ahí.
—Yo tampoco supe más nada—dijo.
Frenó en doble fila en la puerta de mi pasillo. Me extendió la carpeta por sobre la palanca de cambios.
—Veinte minutos.
Van veinticinco, y todavía no terminé. Es una locura lo que hay acá adentro. Después que se la devuelva voy a empezar a leer todo más tranquilo, ahora con la luz azul de la notebook es jodido. No me alcanza el celular para escanear y quería escribirles esto primero.
Para bajarlo a tierra y porque por ahí además de este mail subo todo los archivos a un link de Drive y les mando acceso. Capaz esto se resuelve y ACABA DE TOCAR BOCINA DE VUELTA
Después hablamos. Un fuerte abrazo,
CB.
FW: es la nueva sección de ficción de Uganda. Cualquier parecido con hechos o personas reales es coincidencia o mala suerte. A veces la mejor manera de entender algo es inventarlo.

