La virtú del Odio
Sin Factura, por Erasmo de Fisherton
Como las modas que atrapan la conducta, todos repiten las fábulas contra el Odio y proponen su medicina para neutralizarlo. Se visten con el disfraz de la Bondad y se arrogan la facultad protectora de la censura y el castigo.
En Uganda, en la Ciudad Capital, en la Provincia, era esperable: lo dice la Constitución que engendraron. Pero, esta novedosa pasión, también arrecia desde las costas libertarias.
Es poco lo que queda a salvo. Sin más que hacer, dejemos que hable el Odio:
“Ahora, de pronto, me descubren. Como si yo fuera una epidemia y no una disposición humana tan vieja como Caín. Pero siempre estuve. Soy lo que ustedes son.
Y así será. Aunque me declaren fenómeno tipificable, con vistos y considerandos, y convoquen a especialistas para que me midan, me diagnostiquen y receten tratamientos para curarme de las almas humanas como a una verruga del espíritu.
¡Pero no! No pueden reconocer que soy su columna vertebral. Necesitan de mí aún para estas ridículas pretenciones. De mí se alimentan cuando quieren colocarse por encima de todos y decir quién merece y quién no.
Se me acusa de ser el origen de toda discordia, cuando en realidad soy la condición de toda distinción. Sin mí, nadie sabría decir qué prefiere.
Soy yo quien le permite al amante distinguir a su amada de las demás, al militante distinguir su causa de la ajena, al artista rechazar el cliché para producir algo nuevo.
¿Acaso les parece posible sostener el orden con destreza y asegurar el gobierno con fuerza de voluntad si no encontraran en mí el fundamento de su inteligencia?
Ustedes creen amar la diversidad y en realidad no aman nada, porque un amor que no puede decir esto no tampoco puede decir esto sí con convicción. Me disfrazan de enfermedad para atacarme con subsidios, con consejos asesores, con decretos de necesidad y urgencia.
¡Persíganme si quieren! Pero adviertan que, el día que me erradiquen del todo, no van a tener ciudadanos en armonía. Se quedarán, aburridos y aletargados, bobos y bienintencionados, con sus contribuyentes anestesiados, incapaces de querer algo con suficiente fuerza.
Y ya que se ufanan de combatirme con método, déjenme que les cuente cómo lo hicieron, porque el relato de mi cacería es, también, la prueba más completa de que no pueden vivir sin mí.
*
Empezaron por arriba, con esa Constitución de Santa Fe que vive en todos aunque no se la vea. Fue gracioso verlos festejar, transversales e indistintos, esa Carta Magna de avanzada. La Prensa y la Universidad los llenaron de elogios al verlos cumplir sus fantasías.
La soberbia declaración de vacuos principios e inasibles derechos ahora flota sobre la vida institucional y suelta iniciativas legislativas como gotas de lluvia. Cuando el Senador o el Concejal presenta su proyecto en mi contra, no hacen más que obedecer, mansos y cortos de luces, a su destino.
¡Solo yo puedo trazar al detalle esa cadena de incoherencias e hinchado democratismo, porque soy su motivo oculto en cada gota de abstracciones!
El catálogo de novísimos derechos trajo consigo el complemento de la acción positiva, ese artilugio que habilita al ocupante del Estado a intervenir contra las desigualdades estructurales, de modo que todo lo que entre en un trending topic pueda ser objeto legislativo para satisfacción del representante frenético.
Pero deben saber los incautos que una fórmula de textura abierta necesita que alguien, después, la llene de contenido. Y para encarnar a ese alguien los prudentes convencionales previeron un Consejo Asesor, un órgano que le da rango constitucional a la participación de grupos de interés en el diseño de las políticas.
Es ahí donde se encuentran el Sindicato y la Empresa, las Iglesias y los Laicos, para imponer sus caprichos revestidos de voluntad general. Entonces, lo que era solo vaguedad de una fórmula ahora se transforma en correa de transmisión para que ciertos actores corporativos sean patrocinadores del Estado.
¡A las pruebas me remito, entonces, porque a mí no me gusta hablar sin ellas!
Observen las ordenanzas que declaran Ciudades que Promueven la Convivencia en la Diversidad y Libre de Discursos de Odio. Estas normas brotan de esa Constitución como leche derramada. Es la misma matriz la que da impulso en la Ciudad Capital o en Uganda, y la que incita a los legisladores provinciales a sancionar con multas de 8 millones a quien asuma la libertad del Odio.
Es que para las Mesas de Diálogo integradas por esas cofradías que capturan las leyes y funcionan como cogobierno de la vida simbólica es muy provechoso confundir una palabra con un puñal, un adjetivo con una agresión, una expresión libre con un delito.
¡Es por eso que me río! Porque la competencia que organizan para combatirme es, en el fondo, mi propia lógica disfrazada: gana la iniciativa quien mejor logre presentar su agenda como reparación de un agravio, porque contra el agravio nadie se atreve a pronunciarse.
¡Eso también soy yo, aunque lleve puesto un disfraz de convivencia!
El mismo mecanismo, con el signo político invertido, apareció después a nivel nacional. Y confieso que ese día me sentí casi halagado por la simetría.
El Decreto que reforma la Ley de Migraciones para habilitar la expulsión de extranjeros que dirijan mensajes de odio contra el pueblo argentino nació al calor de la ya célebre campaña antiargentina del Mundial, cuando artistas y comentaristas internacionales se ensañaron con la Selección.
¿Se dan cuenta? El mismo gesto, la misma invocación de mi nombre en vano.
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La Historia enseña que los buenos son capaces de cometer atrocidades cuando la circunstancia se los permite. De esa antropología pesimista puede deducirse lo que todos ven pero nadie asume en voz alta. Es lo Político tal como existe, no como querrían que fuera.
Este realismo que invoco no es una claudicación moral, es el prerrequisito de cualquier acción eficaz. Ustedes, que fantasean con la política que les gustaría, terminan, invariablemente, gestionando arbitrariamente la que efectivamente existe.
Yo lo sé mejor que nadie, porque soy quien sostiene esa relación de mando y obediencia sin la cual ninguna comunidad funciona: nadie puede vivir de la unanimidad permanente.
Alguien debe decidir. Y la autoridad consiste en que los gobernados acepten esa decisión como necesaria. Para eso yo nutro su aceptación con el recuerdo de la dignidad. Sin mi, el ejercicio del mando es pura humillación.
Una decisión política real nunca es unánime. Y cuando ningún bloque se anima a votar en contra por miedo a confesarse mi partidario, lo que se produce es una clausura del disenso por vergüenza anticipada. Y esa clausura, créanme, también soy yo, solo que vuelto contra ustedes mismos.
¡Yo, el Odio al que tanto repudian, vivo, sobre todo, en lo Político, y le doy forma al ámbito público: el bien común, la protección de la colectividad, no equivaldrían a nada si no fuera por mí!
Pero también sé quedarme dentro de mis límites, para que lo privado funcione como una barrera que me vuelva sensato e impida que me convierta en el ethos de la sociedad.
El jacobinismo, el stalinismo y el hitlerismo fueron experiencias distintas de una misma pretensión, la identificación total entre sociedad y Estado, donde ya no queda ningún resquicio privado que el poder no considere de su incumbencia.
¿Se comprende? Una legislación que regula palabras, imágenes, gestos y formas de comunicación en nombre de la convivencia democrática borra esa frontera que me contenía, convirtiendo en asunto público, sancionable, mediado por convenios estatales, lo que hasta ayer pertenecía al terreno libre de lo que un ciudadano piensa, dice o escribe.
Es la ambición de no dejar nada afuera de la gestión estatal lo que destruye a las sociedades. Cuando ya nadie es dueño ni de su Odio.
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A cualquiera de los bandos les pido que mastiquen esto despacio: nadie elige unilateralmente quién es su enemigo. A mí me descubre siempre el que me percibe como amenaza.
Soy irreductiblemente particularista: toda comunidad política se define por inclusión y exclusión, y no existe, ni existió nunca, una comunidad política universal que abarque a la humanidad entera sin fisuras internas.
Cuando Santa Fe declara que ya no habrá discursos de odio dentro de sus límites, no me elimina. Me honra con su hipocresía manifiesta. Porque designa, con procedimientos administrativos discrecionales, quién será reeducado y cómo se recuperará el espacio público. Así me siembra en el silencio.
El error de fondo que los acompaña es el pacifismo ingenuo que cree que negándome por decreto voy a desaparecer efectivamente. Lo único que logran es eliminar la chance de que alguien pueda usar su odio para defenderse.
¡Yo sigo ahí, solo que sin las garantías de la elocuencia que antes me acompañaban!
Hace tiempo han dicho que es necesario conocer la vía al infierno, porque es la única manera de tener la posibilidad de evitarlo. Ese es, en el fondo, mi atributo: actuar con decisión frente a la adversidad, incluso cuando el acto exige dureza.
No hablo de crueldad gratuita, sino la aptitud de reconocer al adversario como tal y no como un paciente para reeducar ni como a un turista a deportar por sensibilidad herida.
Sin la capacidad de impugnar que yo les facilito no hay acto creador posible, porque todo acto creador empieza rechazando lo anterior.
Lo que el buenismo regulatorio les propone es reemplazarme por una gestión administrativa de las emociones que siempre requiere más burocracia para funcionar.
No solo es un empobrecimiento espiritual lo que producen. También es una oportunidad de expansión para el aparato que se ofrece para curarlos de mí. ¡En mi nombre están armando sus negocios!
Y serían encantadores cuando declaran su territorio libre de Odio de la misma manera en que se declara un espacio libre de humo o de violencia si no fueran peligrosos para la libertad.
¡Nieguenme como si fuera posible! Solo les quedará la convivencia, esa palabra que usan cuando ya no tienen nada trascendente por lo cual valga la pena, todavía, pelear”.


