Nuestro Vietnam
Sin Factura por Marco Mizzi y Lucas Paulinovich
En el circo sólo queda un león hambriento/a los viejos tigres de Bengala se los llevó el viento/Tengo adentro del pecho un solo presentimiento/como de haberme tragado una bolsa de cemento/A ver ¿qué voy a hacer/para sacar adelante este funk?
Andrés Calamaro.
Y al final llegó el fin. Por acción y omisiones.
Lo que abunda en estas horas -y continuará por días, semanas, meses- es la búsqueda de una explicación. Sobrarán los pases de factura y las cazas de brujas. La angustia y la ansiedad, con sus secuelas psicológicas y relacionales. El enojo con los que no entienden de la inflación multicausal. Los llamados conmovedores a la resistencia cívica en las calles, en las casas, en las camas.
Mientras se da en la práctica lo que teorizó el peronismo durante toda la Década Perdida: el poder, finalmente, es el otro.
De saliva y sangre
En un brevísimo lapso de tiempo el oficialismo aplicó todas las técnicas conocidas de acción psicológica para extorsionar, tergiversar, abusar de fakes news, difamar y meter miedo. Fue un traje que calzó cómodo entre la dirigencia, los cuadros intermedios y las bases activas.
Funcionó raramente bien. Tanto, que más que los de afuera, los que se asustaron fueron los propios. Y quedaron inmovilizados.
Después del traspié de las PASO, el Gigante Justicialista pareció despertar. Y empezó a meter trompadas en la cara del rival: acciones concretas y demoradas fueron acompañadas por un proselitismo intenso, cuerpo a cuerpo, en la mejor tradición manzanera. Lo que algunos expertos dieron a llamar micromilitancia, como si hubieran descubierto la pólvora, como si existiera una macromilitancia que se ocuparía de otros niveles.
El problema llegó el día después. Cuando tras el llamado a la Unidad Nacional del domingo 22, y varios amagues y coqueteos con ese sueño inconcluso, el peronismo volvió a caer en el vicio de Narciso. Y la totalidad de las acciones de cara al balotaje pasó a ser coordinada y pensada por equipos de comunicación. Rentados, para colmo, en el extranjero.
Quedó en evidencia entonces que lo del Gigante no habían sido piñas, si no los estertores de una campaña sucia como pocas que se protagonizó con la sensación de estar viviendo un ultimátum democrático. Manotazos tirados al tuntún antes del desplome.
Y ocurrió lo que ya se ha dicho en estos días: el triunfo de Javier Milei tiene una contundente legitimidad popular. Su voto fue geográfica y socialmente transversal. El mayor porcentaje de votos nuevos fueron en provincias de tradición popular y dinamismo económico como San Juan o Neuquén. Creció desde el interior y le propinó al peronismo la mayor goleada de la historia: le ganó 2 de cada 3 mesas. Con picos alevosos que superaron el 90 por ciento en algunas escuelas.
Si uno se dejara guíar por la línea interpretativa de los derrotados, deberíamos concluir que el nuestro es un país de negacionistas, imbéciles, perversos y suicidas.
Pero si la doctrina del llanto es entendible, también es necesariamente falsa. Porque durante estos largos años de crisis y técnicas digitales, la dirigencia peronista, en vez de leer al pueblo para interpretarlo y expresarlo desde el rol de conducción, adoptó la manía de asimilarse y querer parecérsele. Y en vez de ofrecer soluciones, se obsesionó con los diagnósticos.
Por eso, la falacia del hombre de paja tuvo algo de realidad. Nunca se escuchó lo que estaba pasando afuera y lo que proponía el adversario. Se inventó el enemigo más conveniente para hablar entre los propios.
Y La Libertad Avanza, en la tradición popular, baiteó. Recogió el guante de todas y cada una de las leyendas negras esgrimidas por el rival, y cantó retruco. Incluso, muchas veces, rozando la irresponsabilidad. O la mera hijaputez.
Ese desparpajo fue percibido como un sello de autenticidad. Una bocanada de aire fresco, frente al acartonamiento profesional de un oficialismo que demostró más seriedad y cohesión haciendo campaña que durante su propia gestión de gobierno.
El peligro de la campaña autoconsentida, no fue sólo perder, sino las consecuencias que acarrea a futuro la lógica endógena cuando se obsesiona con las propias virtudes y defectos, en vez de hacer silencio y escuchar
Pecados de guerra
Lo que pasó el domingo fue más grave que una mera discusión entre Estado presente versus Mercado libre. Porque lo que quedó expuesta fue la fractura representativa en las organizaciones libres del pueblo.
En estos años de desgobierno, se hizo más evidente la separación entre lo orgánico y lo organizativo. Ambas formas son necesarias. Toda comunidad se articula en órganos, agrupamientos en los cuales la participación está en función de un objetivo concreto. Distintas circunstancias, como la necesidad de alcanzar su meta en un plazo razonable, lleva a crear una organización: una estructura mecánica que envuelve al órgano y, resignando elasticidad, lo fortalece.
Para lograr esto la organización fija una doctrina, un código de identificación, y se da a sí misma un elenco más o menos estable de funcionarios, que pasan a representar a todo el resto, actuando en su nombre.
El problema llega cuando el proceso se calcifica. Y la maquinaria organizativa que envuelve el núcleo orgánico cobra autonomía. Porque su fin pasa a ser su propia supervivencia, ignorando o yendo en contra, de su objetivo inicial.
Este drama, poetizado a la perfección por James Cameron en la saga de Terminator, es lo que canta la lengua popular que puso en crisis el marco teórico de los expertos. La moral individualista que aparentemente actuó el domingo tiene un fondo comunitario de autodefensa. Es la decisión de no conformarse con una realidad mediocre. Y de animarse a contradecir a quienes asumieron hablar en su nombre sin preocuparse de conservar la autoridad necesaria para merecerlo.
Prácticamente todas las organizaciones nacidas de órganos del pueblo -desde la cámara patronal más cheta hasta la última vecinal del último barrio- se posicionaron en contra del candidato que resultó el más votado. Ese desafío de las bases podría parecer una rebelión de los individuos, pero también es un rechazo sincrónico a toda organización.
Ni siquiera hace falta buscar una representación en algo más grande, sino una afirmación rebelde de autonomía. Natural, por otra parte, en cualquier persona que no siente respeto por quien lo tutela con gesto cómplice y traicionero: mirá lo que hago aunque vos no quieras, mirá lo que voto precisamente porque vos no querés.
Es cierto que en ese proceso pueden pagar justos por pecadores. Hay organizaciones que todavía revisten de la autoridad necesaria, núcleos en los que el poder circula de forma orgánica y mallas institucionales revestidas con la legitimidad de la tradición y la herencia, que serán fundamentales para amortiguar cualquier agudización de la crisis. Pero una tormenta no se detiene a ver de qué está hecha cada casa. Simplemente se desata.
Ahora, Apocalipsis
La victoria de La Libertad Avanza puede leerse en ciclos temporales. Como si fuera un río navegable, podemos remontar desde la desembocadura hacia su manantial.
En el delta encontramos los pantanos del triunvirato ensayado por Alberto Fernández, Cristina Kirchner y Sergio Massa. El olor a napalm en una sociedad saturada por la cuarentena, la moralina progresista, el internismo y la inmovilidad social. Pero no hace falta repetir lo que se ha dicho hasta la náusea. La (auto)crítica, a esta altura, no es más que una forma de la masturbación.
Subiendo por el cauce, vemos el proceso de mediano plazo. Es la victoria de Mauricio Macri en la última batalla del 2001. Javier Milei es el emergente tardío del consenso nacido aquel diciembre y puesto en crisis en 2008. El conflicto que, como un trauma, no logra resolverse. Las contradicciones entre el interior productivo y los conurbanos subsidiados, los emprendedores y los empresarios prebendarios, los trabajadores honestos y los ventajeros. Extendidas, hoy, a todo el país.
A Milei no solo votaron los que la producen, sino también muchos de los que la gastan. Y con eso, Macri, artífice necesario de la victoria libertaria, amaga a cerrar el ciclo de rivalidades políticas de los últimos 20 años. Para inaugurar otras: los orcos y sus 14 toneladas de piedras contra los elfos que juntan papelitos después de festejar.
Lo que nos lleva al puente de Do-Lung. La última frontera de la civilización: los 40 años de democracia. Gran parte de los que plantearon con más insistencia el riesgo democrático en la victoria de Milei son parte de la elite cultural que hizo usufructo de los beneficios y comodidades del sistema. Aún cuando los que pondrán efectivamente el cuerpo para enfrentar las eventuales medidas regresivas serán los marginados de siempre. Muchos de los cuales se volcaron, esperanzados, por la opción libertaria.
En ese sentido, ¿para qué sirvió recrear un antagonismo de una primavera democrática estilizada a lo Netflix? En el escenario armado entre una corriente progresista y otra conservadora, el peronismo se autoexcluyó. Porque impostó la defensa de los personajes ficticios de Darín y Lanzani en 1985. E ignoró, como en la obra de Mitre, la figura central y real de Ubaldini, entre otros.
Ya del otro lado del límite, donde impera la jungla, se recortan las siluetas fantasmales de tigres de aquellos años ctónicos: Isabel, Lorenzo Miguel, Luder, el Gallego Álvarez, Firmenich, Seineldín. Cada uno de los cuales, por diversos motivos, es escondido debajo de la alfombra del olvido por la tilinguería que relee los restos de la intelectualidad crítica. Su negación nos bloquea el paso a la vertiente. Niega lo que fuimos, desintegra lo que somos. El templo en ruinas donde Kurtz espera, entre sombras.
Niebla de guerra
Y sin embargo el peronismo sigue siendo: una voluntad de afirmación de la Nación y el pueblo argentino. Aunque se quiera reducir a la impotencia de un establishment que es capaz de sostener un sistema inviable antes de realizar los cambios que permitan que el país vuelva a ser grande otra vez.
Por ahí la ironía no era lo más adecuado con un descalabro monetario que llevó el deficit fiscal total a niveles del Rodrigazo. El canchereo resultó insoportable con 140 por ciento de inflación y más del 40 por ciento de pobres. El creer más en lo propio que en la realidad cansó a todos con su programa de reservas detonadas y economía en parálisis, con todo el crédito para el déficit del Estado y los intereses para los bancos.
Quizás haya que dimensionar de otro modo los problemas y no creer que basta ponerle el título de popular para santificar cualquier acción.
El peronismo perdió en las provincias y perdió provincias. Las elecciones desdobladas exhibieron el desdoblamiento político del federalismo Argentina. Una Confederación de facto: cada uno hace su juego en su provincia. El movimiento nacional es un rejunte de provincialismos. Hilvanados por una injusta configuración demográfica que nadie quiere romper por cobardía, desidia o ceguera.
Para el peronismo, significa el riesgo de seguir con el conurbanismo. E instala el problema del ejercicio de los atributos de mando en un país con autoridades cada vez menos legitimadas.
Pensando en voz alta en los próximos años, una militante con años encima nos decía: “basta de resistencia, hay que trabajar”. Pero pongamos las cartas sobre la mesa. Al menos, como ejercicio de prospectiva que nos sirva para orientarnos.
La Libertad Avanza logró identificar a Unión por la Patria como un rejunte de delincuentes y nepotistas. O ambas cosas a la vez. Y al peronismo, al mismo tiempo, como la traba política de la movilidad ascendente que constituyó su fundamento práctico.
Y ahora que ganó y deberá hacer gobierno, ¿qué puede pasar? Proponemos tres escenarios de inicio, que son los que pueblan la imaginación política por estos días.
El escenario 1 es el nacimiento de un nuevo Carlos Menem. Una posibilidad de una alianza transversal para realizar una transformación profunda, que garantice un período de estabilidad y crecimiento a costa de grandes sacrificios. El problema es que, a priori, no contaría con el peronismo y su sensibilidad social para atenuar los impactos del ajuste. Es por eso que la probabilidad es muy baja, aunque sería la más positiva dentro del marco de lo posible.
El escenario 2 ya se ensaya como rumor: la sucesión a la peruana. Una pérdida acelerada de poder del presidente y la emergencia de una figura de relevo para una transición prolongada en un marco de fragmentación política y debilidad parlamentaria.
El escenario 3 lo asemejaría al ucraniano Zelensky. Con una lectura exageradamente optimista de la victoria y la injerencia de los factores externos que lleven a decisiones irracionales y de alto riesgo. Fortaleciendo a cortísimo plazo la figura del presidente mediante la resignación de la paz social.
Sea cual sea el futuro, el problema de la Campaña del Miedo es que después hay que seguir y enfrentar las consecuencias de las caracterizaciones. Definir el escenario político es un acto de mayor importancia que la simple expresión de deseos, sentimientos y voluntades. Es el primer paso de la responsabilidad dirigencial.
Cuarteles de invierno
El fracaso de la defensa de la democracia negando la democracia es también el fracaso de las ciencias sociales. Como lo representa casi en un sketch Atilio Borón, prometiendo quemar su título en Harvard, sus libros y tesoros comunistas, si ganaba Milei porque no ha entendido nada.
La política de parecerse a los seguidores hizo que todo quede copado por la lógica de redes sociales, con los políticos viviendo la vida del influencer. La lógica del happening como excusa para crear contenido llegó a extremos ridículos. Al punto de que un ministro obligó a los trabajadores a hacer huelga para filmarse explicándole los riesgos para Instagram.
Desde la militancia tampoco alcanzó con agarrarle cariño repentino al candidato. Ni con exaltar sus atributos en público cuando detrás la escenografía se prende fuego. Para horror de los gramscianos, no sirve de nada hablar de luchas contrahegemónicas.
La realidad se empecina en latir más cerca. Y su teoría, en ser menos abstracta. Por ahí las 20 verdades todavía pueden decirle algo al peronismo.
Porque, repetimos, el gobierno fue un papelón. Qué puede importar entonces que un par de vivos curraran con una fábrica de jingles. Lo más difícil es encontrar las 10 diferencias entre este gobierno que vino a resolver una crisis y el anterior que había llevado la crisis al máximo: game over.
Pero como en todo juego, ahora se inicia otra partida. Como en todo organismo, la totalidad dura más que sus partes. Lo que supone una nueva teoría de la militancia, sobre todo porque hay otros conceptos de la violencia.
Más que nunca hay que destacar las 4 virtudes cardinales de la Prudencia, la Justicia, la Fortaleza y la Templanza. Las bases de la doctrina social profundamente cristiana y profundamente humanista que adoptó el peronismo para darse vida a sí mismo como movimiento. Forma orgánica a la que habrá de volver para que los que no encajen en el nuevo mainstream libertario, los frikis, virgos y parias del mañana, encuentren un refugio y una espada.
Que la Virgen nos proteja. Hasta la próxima.







