Only fóbal
Sin Factura, por Uganda
Es solo un partido de fútbol. Scaloni tenía razón. Solo un partido, el que todos soñamos jugar desde que éramos chicos y podíamos ver una pelota hasta en una tapita de Voligoma.
Es cierto que ganarle a los ingleses es, en sí mismo, un hecho para la celebración. Pero una clasificación no se festeja. Porque, lo sabe hasta el más pequeño infante, lo lindo es ganar. Y solo falta una cosa. Solo falta otro partido.
Pero faltan cuatro días. ¿Qué hacer? La manía exhibicionista de las redes sociales ayuda a cargar la batería social. Todos quieren su fotito en la previa. Y, después, los videítos de los festejos, el orgullo, la imagen en el ícono urbano característico.
Y ahí entramos todos, indistintamente. Los jóvenes que agitan, los adultos que aplauden, las familias que le muestran a sus chiquitos la máquina de hacer feliz que tiene el pueblo en el que les tocó nacer. También el futbolero que se queja del público ajeno que se suma durante el Mundial y habla como si cargara toda una vida ligada al fútbol. La minita pajin que publica la foto de Paredes en cuero y flashea empoderamiento al decir, en una remake de Azzaro, a ese me lo cojo. El machirulo que no soporta que su mujer se siente al lado y lo viva tan intensamente como él. El DT de entrecasa que cuestiona todas las decisiones del entrenador. El que no entiende nada pero tiene un corazón populista que se emociona con la emoción de los otros más que con el partido. El futbolista frustrado que en cada jugada se imagina la vida que no vivió. Los mutantes que aprovechan cualquier festejo para dársela en la pera y pasar un rato más de euforia. El periodista que sobreactúa para ser tan importante como el espectáculo. Los nacionalistas entusiasmados porque una vez tienen algo que ver con lo masivo. Los globalistas que impostan sensatez y dicen que no hay que sembrar discordias. Los militontos que politizan absolutamente todo y pasan de repudiar el saludo a Trump a postear la foto con la bandera de Malvinas. El superado que ve una demostración de patetismo, bajeza, espíritu rudimentario, alguna deformación de lo sensible. Y hasta quienes, como ahora, acá, insistimos con decir algo al respecto, tan inútil y, finalmente, insignificante, como esto.
Porque, es evidente, no hace falta decir nada. El fútbol es algo maravilloso por sí mismo. No le hace falta más. Es la verdad que manifestó Scaloni. Es sólo un partido, por eso nos vuelve locos.


