Soledad
Sin Factura, por Marco Mizzi y Lucas Paulinovich
“Es una caravana interminable / que se hunde en el olvido con su mueca espectral”
Alfredo Le Pera
Ya pasaron dos años y medio de la elección de 2023 y el peronismo todavía discute cómo comunicar mejor un mensaje destinado a un país que ya no existe.
El Movimiento Más Grande de Occidente está gagá. Sólo quien forme parte de él por moda puede decir lo contrario. Sólo quien sea masoca puede insistir en el tema.
Somos un poco las dos.
Ahora que, con el Mundial, todo el mundo habla de plan de juego, vamos a eso.
Fantasma que crea mi ilusión
Mora y Araujo explicó alguna vez que el clivaje político argentino no separaba limpiamente ricos de pobres, sino que cruzaba la sociedad en diagonal.
El peronismo, durante buena parte de su existencia, capturó una porción decisiva de asalariados, sectores cuentapropistas medios-bajos, empresarios pymes, empleados públicos, pequeños comerciantes y franjas populares integradas a formas diversas de pertenencia colectiva.
Del otro lado quedaban los oficios liberales, los patrones de talleres y los dueños del país, que eran radicales, socialistas, librecambistas, clericales, progresistas ilustrados o alguna de las otras especies del zoológico político nacional, siempre elocuentes para explicar aquel accidente cultural que llevaba setenta años ocurriendo.
La diagonal que supo construir el peronismo fue durante mucho tiempo la infraestructura invisible del poder. Permitía que un movimiento identificado con los trabajadores y los humildes ganara elecciones en un país que se pensaba a sí mismo como de clase media. No fue magia. Era una fuerza organizacional que proyectaba en la realidad las expectativas de ascenso.
Pero algo cambió. Sobre todo, la composición ocupacional de la Argentina. Cambió el trabajo. Y con él, la manera en que las personas se imaginan a sí mismas dentro de la sociedad.
El trabajador asalariado, sindicalizado, con identidad de oficio, aguinaldo, vacaciones, obra social y horizonte de progreso, ya no organiza el centro simbólico de la política argentina. Sigue existiendo, por supuesto. Pero no explica la dinámica social en su conjunto.
Porque a su lado creció un mundo de monotributistas, precarizados, de plataforma, independientes, buscavidas, sobrevivientes. Changarines sofisticados, oportunistas de las brechas y pequeños capitalistas de emergencia que descubrieron que el Estado no era el Padre Protector sino un socio compulsivo con problemas con el juego.
No puede culparse al peronismo del surgimiento de este sujeto, como gustan hacer los sociólogos flagelantes criados a posmarxismo y subsidios estatales. Igual de injusto es liberarlo de esa carga, como desearían los dirigentes desde sus confortables despachos con ventana a contrafrente.
¿Importa, a esta altura, si el huevo o la gallina…?
Sí, para escribir libros y gastar minutos en streamings. En la vida real, sé igual.
El salario es incierto. Lo que organiza los gastos del mes ya no es el día del cobro, sino el del vencimiento. Los modos de vida se han transformado en esto: la administración ansiosa de cuotas, saldos, rebusques, promociones y consumos postergados.
Mirado desde el poder, ¿con qué se come todo eso?
Desfile de extrañas figuras
El peronismo ya no puede presentarse como la conducción natural de una mayoría popular organizada sin caer en la caricatura.
Desatado de la estructura, el peronismo cultural es pródigo en esencialismos. Flores rotas, vueltas souvenir: es imposible que cumplan su misión de volverse fruto.
La antigua política de masas es un empaquetado de liturgias pop, hechas en serie para consumo irónico de una clase media en la que los padres viven mejor que sus hijos. Un sector social cada vez más anquilosado que, como los uruguayos en el fútbol, vive de glorias pasadas.
Ante esta carencia absoluta no ya de doctrina, si no al menos de una ideología coherente, hay que recurrir a otros campos para pensar al Movimiento.
Es imposible entender la pelea entre la ex presidenta y su ex delfín sin recurrir al psicoanálisis. Los únicos argumentos que pueden explicar la convivencia del Frente Renovador, Principios y Valores, y Patria Grande en un mismo espacio son crematísticos. El comportamiento de los gobernadores disidentes es pura literatura: quisieran que el mundo fuera como el cuento Ratón de Campo, Ratón de ciudad.
Por todo esto, que el director de una famosa revista del progresismo villero haya resultado ser un cheto que psicopateaba a la señora no sorprendió a nadie. Un gran y sí que recorre el campo nacional y popular ante cada hecho: profecías autocumplidas de ayer y hoy.
En ese sentido, lo que ocurre en Uganda tiene un valor antropológico. El peronismo ofrece un caso único: una conducción de sensibilidad progresista, lenguaje académico y vocación moralizante intenta interpelar a los pobres que ya no necesariamente desean lo que la Conducción cree que deberían desear.
A fin de cuentas, Ciudad Futura es la forma real del peronismo local, aunque lo lloren los que guardan un póster de Brito Lima en el ropero y cuentan las anécdotas del acto del ‘74. Y no hace falta ser uno de los viejos para andar buscando el peronismo de verdad como una retropía. También están los jóvenes con envejecimiento prematuro que fantasean con ser Domingo Mercante.
Aún remordiendose, a unos y otros, no les queda más que aceptar los hechos. Monteverde como líder tiene épica urbana, estética generacional, presencia territorial, capacidad de comunicación y una mística comunitaria que a los capos del peronismo ¿tradicional? le es imposible reconstruir.
El límite del experimento está dado por su propia constitución: este peronismo de futuro mira la experiencia del socialismo democrático neoyorkino con fascinación por los supermercados públicos, el congelamiento de alquileres y el municipalismo expansivo. Habla de los daños que produce el mercado sin importale demasiado los que sobreviven gracias al mercado.
Y muchas veces su importación acrítica de modas teóricas, con categorías morales de circulación global y diagnósticos elaborados para sociedades con otros problemas, se da de lleno contra lo único que es verdad: esa realidad que los puso en un lugar que nunca imaginaron.
La ciudad universitaria, progresista, cultural, autónoma y sentimentalmente igualitarista convive con una ciudad fragmentada, precarizada, endeudada, informal, violenta y profundamente desconfiada.
La primera produce discursos. La segunda es la que otorga los votos.
Mi corazón una mentira pide
Las unidades básicas, los sindicatos locales, las organizaciones barriales y los referentes comunitarios ya no tienen la capacidad de ordenar la información social como antes. Y pese a todo, el territorio sigue siendo invocado con una potencia mística.
Hay algo de cierto. Sin territorio, la política municipal pierde su principal sistema de inteligencia. Deja de saber qué le pasa a la gente antes de que la gente lo exprese votando. Una democracia blue, paralela a la democracia formal parida en 1983.
Por eso, la trampa más peligrosa que enfrenta el peronismo del futuro es confundir la comunidad organizada con los montajes de participación ciudadana convocados entre organizaciones políticas afines entre sí.
El riesgo es obvio, como es grande la tentación: potenciar lo propio y creer que la intensidad militante equivale a mayoría social. Así, la retórica de poder sobrevive mientras el poder real se diluye.
Para seguir en ruedo, al peronismo le alcanza con una buena empresa de publicidad. Los dirigentes llegarán a acomodarse. Y los seguidores verán cómo resolver sus decepciones. Sin embargo, para ganar y gobernar, necesitará una nueva teoría social de la Argentina.
Lo primero, en Uganda, está. Lo segundo abre una incógnita: ¿y si el problema no es que el mensaje no llega, sino que llega perfectamente y por eso no alcanza?


