Nueve reinas
Realdemocratik, por Roberto Melaño
“Cuanto más ofendido estás, menos sospechoso parecés.”
Se terminó el Mundial, ahora arranca el otro juego. Uno que convoca menos atención e interés. Y que no nos une a todos, como dicen los que no tienen nada que decir.
Las cosas no suelen ser lo que parecen. Y mucho menos lo que se dicen que son. Esa es una regla fundamental de las buenas prácticas de la política. Por más anticasta que uno se proclame.
Esos códigos internos indican que en la democracia representativa, en verdad, la gente no elige a los funcionarios. Estos son preseleccionados por estructuras partidarias que los ponen como oferta.
Los Partidos dependen del Tribunal Electoral, pero están habitados por asociaciones civiles, fundaciones y entidades, que dan vida a los Espacios. Por eso, hay más saber político en el Registro de Personas Jurídicas, Empresas y Contratos que en una cátedra de la FCPolit.
De la cooperación o confrontación de Espacios durante los años pares nacen las Candidaturas para los años impares. De eso se trata la reforma electoral que se discute en Santa Fe y dispondrá las bases y condiciones del poder provincial.
Me tengo que dar cuenta si me están haciendo un cuento
Hay algo que saben todos los que participan en la discusión: toda fórmula de reparto o unificación de listas produce ganadores y perdedores antes de que se emita un solo voto.
A los argumentos sobre la representatividad se los viste con el lenguaje más noble de la ciencia política o el derecho constitucional para no decirlo tan rudo.
En ese sentido, la reforma no tiene como objetivo combatir la desafección ciudadana. Llegado el caso, sirve para establecer cómo se capitaliza la proporcionalidad del desapego.
Actualmente, el piso santafesino está en el 3% del padrón, criterio discutido más de una vez, generalmente por candidaturas que apenas rozan los 80 mil votos que los ponían en carrera.
Si el piso se lleva al 5% del padrón electoral, como quiere el oficialismo, se van a requerir alrededor de 140 mil votos para ingresar. Este planteo se orienta a la consolidación de la gobernabilidad de los equipos grandes.
En cambio, si el porcentaje se extrae de quienes participan de la elección, el número de votos para ser electo es inferior. De esta forma, se amplía la representatividad: entran los equipos chicos y, ocasionalmente, los aventureros.
El argumento participacionista supone que la abstención no debería computarse en contra de quien decide ejercer el voto. El argumento del padrón supone lo inverso, que el que no vota también vota, aunque sea por omisión, y que esa omisión no puede regalarse gratis a las minorías intensas.
Ese es, también, el criterio que se analiza para la fusión de las listas. Sean 2, como propone el oficialismo, o 5, como funciona actualmente.
Que el gobernador vaya junto a diputados y senadores, por un lado, y el intendente junto a los concejales, por el otro, pretende simplificar y fortalecer los proyectos. Lo que, en criollo, se llama arrastre: que el voto al gobernador o intendente se lleve consigo el voto a los cargos legislativos.
Se podría optar por marcar casilleros diferentes o por la lista completa. Pero el arrastre es, en el fondo, una tecnología de la pereza. Frente al costo cognitivo de discriminar, la mayoría prefiere delegar y votar en bloque.
Pullaro, que es, ante todo, pragmático, afirmó que no vetará la ley que salga. Con las modificaciones que se hagan al proyecto original. Lo que suceda con el armado de listas de ahora hasta febrero dependerá de esas reglas de juego.
La cifra que haría feliz
Hay una tradición en la política argentina que consiste en acusar con entusiasmo al adversario del pecado que uno mismo comete.
“Es el gobernador más kirchnerista que tuvimos”. La humorada es de un dirigente socialista. El tono es de cierta ironía. Pero, también, de profunda resignación.
Así, el socialismo descubre en la reforma de Pullaro algo parecido a una emboscada institucional. Es que las reglas son justas cuando a uno le convienen.
El 5% que propone la Unión Cívica Radical es considerado como una provocación por sus socios en Unidos. Una broma de mal gusto. Que ofende su historia en la provincia, donde alguna vez ganaron y fueron, en el sentido figurado del sistema electoral, mayoría.
“Ahora se parecen a Del Frade”, cizañean los radicales. Y es que, en rigor, varios socialistas derivaron en la corriente de las Causas Perdidas que capitanea el periodista excompañero de Fito Páez. Cuyo instrumento electoral es el Frente Social y Popular. En peligro de extinción ante la inminencia de una elevación de pisos. Una amenaza proscriptiva, tal como explican las eminencias constitucionales de referencia.
La chanza socialista tiene otros sentidos encubiertos. La situación mendicante del partido de la rosa no está dada solo por la falta de candidatos. El foco del problema es que el socialismo, que logró establecerse como sensación térmica en Uganda, perdió los Espacios concretos de representación, que fueron ocupados por opciones más nuevas y mejores.
En definitiva, eso motiva que uno de sus diputados nacionales deba trasladar el domicilio y practicar la política histriónica de la performance para seducir, sin éxito, los votos de la progresía porteña. Y que en Uganda, el hijo de Lifschitz aparezca como un incordio al echar por tierra el ideario del partido.
Lo que revela la situación es que el electorado intermedio, que es gorila por fe laica y progresista por vocación, tiene exigido al límite el umbral de dolor con su pertenencia a Unidos. Ya demasiado es lo que hace Pullaro con la seguridad.
Aceptar más acercamientos al programa de la ultraderecha parece inaceptable. Pero caer en las prolongaciones del kirchnerismo podría ser peor. Ya ni en Sietecase pueden confiar.
De los que piensan demasiado
La orfandad no es privilegio de nadie. Y el peronismo no está en condiciones más favorables. La conquista de los huérfanos es una tarea con muchos contratiempos.
El hecho de que antes defendía lo que ahora rechaza, o a la inversa, no es, precisamente, un inconveniente. Es algo propio de cualquier Partido. Quien diga lo contrario es porque probablemente no esté compitiendo en el juego.
En realidad, el problema del peronismo es que nadie sabe con certeza cuál es la combinación de listas que le conviene. Si marchar juntos o golpear separados.
Al menos tienen la suerte de no quedar atrapados en la ruptura entre el axelismo y el cristinismo. Tampoco hay juegos de desmarques entre los zapatitos blancos y los corruptos. Acá no operan de esa forma los medios ni se pueden construir narrativas.
Todo es más casero. Por ahora, el lawfare entra de costado a la provincia. En asuntos judiciales, urge más lo que pase en la causa Traferri o la causa Sain.
Hace rato que el peronismo es una estructura que se organiza alrededor de la administración compartida de recursos de poder heterogéneos. La particularidad es que fue perdiendo la capacidad de maniobra entre la política alta de las instituciones y la baja de la movilización afectiva.
En Santa Fe, el asunto adquiere una capa más de complejidad: se trata de un movimiento que nunca terminó de decidir si es un Partido, un Frente o una manera de estar en el mundo.
El escenario de Tercios es una esperanza. Quizás, la última. En la Provincia, los que se animan, no mueven, como el convencional Giuliano, que publicó su libro sobre la Reforma Constitucional para oficializarse como candidato de la Santa Fe que viene; y los que mueven, no se animan, como podría llegar a ser Lewandowski.
Aunque también existen los que afirman que, en realidad, el comentarista deportivo tampoco mueve. Lo incitan a que esta vez decida jugársela en Uganda, una apuesta de la que renegó cuando tenía todo a su favor en 2023.
El otro gran inconveniente para el peronismo provincial es que el mejor candidato no es un buen candidato. Al día de hoy, en una hipotética interna, el ganador resultaría ser, otra vez, Omar Perotti.
Así lo explican, incluso, los propios perotistas. Quienes saben que el principio que sostenía que el que pierde acompaña no funcionó en 2019, y necesariamente no funcionará en adelante.
La interna entre el perotismo, los senadores y el rosismo, más que interna, es una disputa de Espacios que no se reconocen como parte de lo mismo. Y trasciende, por mucho, las ambigüedades del funcionamiento interno del Partido Justicialista.
En Uganda, la situación es algo más nítida. Monteverde lleva años actuando como intendente. Eso le valió que algunos, muy en la intimidad, le digan Guaidó. Aunque públicamente ratifiquen su adhesión inclaudicable a la renovación futurista.
Tiene aposentados sus baluartes justicialistas en el fervoroso núcleo de presidentes comunales (neointendentes) de Vamos, los milvotistas. Y si bien todavía no logra demostrar que traerá votos nuevos, se encuentra con un peronismo que con tesón militante le entrega todo.
Les sorprende, a los jóvenes renovadores del progresismo ugandés, la dadivosa receptividad del peronismo. Y eso los pone ante el riesgo de cometer, otra vez, un acto apresurado de ventajismo.
Lo cierto es que la campaña infinita de Monteverde es prolija y consecuente, como la de Pullaro. Y es el único candidato serio que tiene el peronismo.
El más parecido, además, a las tendencias que se abren desde Buenos Aires a la Nación. Lo que se traduce, en los hechos, en la fascinación del streaming porteño. Gajes de la representación real.
¿Esto era para cobrar?
El sistema representativo promete participación amplia y representación de la diversidad social. Aunque están los mecanismos, ninguna de las dos se cumple con fidelidad.
La primera decae elección tras elección, en Santa Fe y en el resto del mundo democrático. La segunda se sostiene en fórmulas cada vez más abstractas, pisos, coeficientes, cupos o bases de cálculo, que prometen traducir voluntades, pero solo expresan la fragmentación.
En los hechos, elección tras elección, la disputa se resuelve entre dos o tres equipos grandes con aparato, recursos y territorio.
Ya nadie parece recordar para qué sirve representar algo. Por eso, más que de la representatividad, la reforma electoral se trata de fijar aquello que cada bloque necesita para sobrevivir un turno más.


